BARES Y PROSTITUCIÓN EN LA HABANA

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Ellas ayudan a Claudia porque saben que también está “luchando”. Ellas luchan abriendo las piernas, Claudia abriendo las puertas del bar cuando llegan con turistas: “Buenas noches, aquí tienen la carta”. Si los acentos se enrarecen, no porque sean de otros lares, sino por la lluvia de alcohol en los intestinos o la noche tan avanzada, ellas ayudan a Claudia:

“Dale una buena propina a la chica”, sugieren, y dicen “chica” y no muchacha o camarera o bartender. A Claudia le da igual cómo la llamen; todo es attrezzo en esa puesta en escena que vive noche a noche. Tramoyista de cocteles, personaje incidental que recita sus líneas para que las de ron no falten en la garganta del cliente.

“Por supuesto que no puedes poner en qué bar trabajo, pero en cada uno de los seis por los que he pasado la historia es la misma”.

Claudia, graduada de técnico medio en Gastronomía, huyó de los ahuecados sueldos estatales en cuanto pudo y terminó hace tres años en los promisorios prados del cuentapropismo.

Desde los 90 el Gobierno admitió las primeras formas de pequeña propiedad privada en Cuba, pero no hubo una imantación como la de 2013, cuando fueron ampliadas las categorías de las licencias a 211. Ninguna explicitaba la creación de bares. Igual, La Habana se llenó de neones.

A finales de 2016 en la ciudad había más de 500 paladares o restaurantes privados. Muchos de ellos simplemente habilitaban una sección para las noches donde hubiera una barra. Como luciérnagas, la gente se acantonaba entorno a la música a veces grabada, a veces en vivo.

Cuba
Tomada de Diario de Cuba

Incluso webs y aplicaciones móviles como “A la mesa” promocionaban conocidos negocios registrados bajo la licencia de restaurantes en la categoría de “bares”. Para el Estado cubano no existían, para el resto del universo sí, y para Claudia eran la oportunidad de hacer más dinero.

 “Te pueden pagar cinco dólares por trabajar de 9:00 de la noche a 3:00 de la madrugada, pero una vive de la propina. Y las muchachas traen clientes, por lo general, con dinero”.
Claudia dice “muchachas” y no jinetera o puta o prostituta. A ellas les da igual cómo las llamen; pocas definiciones les encajan tan bien. Malabaristas del deseo, pieza de encadenamiento entre la macro y la microeconomía cubana, entre los números ascendentes del Ministerio de Turismo y los bares privados.

Hace poco el youtuber español Carter Vlogs dice haber constatado ese nexo justo en el habanero Fantaxy, perteneciente a Sandro Castro, nieto de Fidel Castro. Al videobloger le ofrecieron mujeres “como si no valieran nada”.

“Las tengo de todos los colores, canela, blanca, negra”, proponían en aquel bar con mesas reservadas, donde solo la entrada ascendía a 10CUC. El salario medio en Cuba no llega a los 30.

Los sitios en que ha trabajado Claudia imponen precios astronómicos a los productos que venden. Cuando entra algún grupo de cubanos, desde el bartender hasta los gigantes mudos de seguridad los evalúan por lo que llevan puesto. ¿La ropa es cara? Entran. ¿La pinta es barata? Entonces pronuncian sonrientes una línea que espanta: “Buenas noches, las únicas mesas disponibles vienen acompañadas de una botella de 100CUC”. Los invasores se disipan molestos o con excusas. Muchas veces el bar está vacío.

“Pero no vale la pena atender a esa gente, porque consumen poco y no dejan ni un peso para el personal”, dice Claudia chasqueando dedos.

A priori, se acentúan en la Isla socialista las distancias entre quienes tienen más que otros.

“Por eso es tan importante que vengan las muchachas, porque traen yumas. A ellas las dejamos que se sienten en la barra con un mismo trago toda la madrugada para que tiren el anzuelo”.

¿Y si no pescan nada?

“Tienen que coger algo porque si se van sin nada muchos días entonces ya no las dejamos entrar más. Los de seguridad saben quién es cada quién y a qué va al bar”. Claudia se lleva un cigarro a la boca con cara de nada me importa. Es su día libre y ha salido a fiestar. “Si tú me ayudas, yo te ayudo”.

En septiembre de 2016 el Gobierno de La Habana decidió suspender temporalmente la entrega de licencias para abrir paladares por cuenta propia. La vicepresidenta en funciones del Consejo de la Administración Provincial (CAP), Isabel Hamze, reconoció ante la prensa oficial en aquella oportunidad la existencia de prostitución y proxenetismo en algunas paladares.

La funcionaria invitó a los propietarios a que no permitiesen “que proxenetas ‘se anclen’ a un restaurante y la gente diga que va a una instalación como esa porque allí se vendan chicas”. La invitación, claramente, no llegó a algunos oídos.

Para Claudia, eso nunca va a acabar: tanto el personal del servicio como la prostituta tienen un pacto tácito que beneficia a ambas partes. Y el ligero olor del dinero lo rubrica si alguna parte vacila.

El vínculo bares-prostitución durante la Cuba revolucionaria no parece llegar al de la Cuba prerrevolucionaria, aunque tuvo un hito en los 90. El periodista Amir Valle recuerda que escribiendo su reportaje Habana-Babilonia: la cara oculta de las jineteras fue a establecimientos clandestinos donde exhibían mujeres. En la segunda década del siglo XXI, al inicio de la reciente fiebre de los bares, Puertas al Cielo, entre los más populares, acabó intervenido por la Policía. En una barra metálica jóvenes lanzaban sus ropas al aire hasta quedar desnudas.

¿Y lo de las drogas?

Claudia juega con la cajetilla de Hollywood mentolado sobre la barra de la Fábrica de Arte Cubano, un popular centro nocturno privado que, incluso, visitara Michelle Obama en 2015.

“En eso no entramos —comienza—. Cuando algún cliente se mete algo, la seguridad lo saca, y cuando es en los VIP, los salones privados, algunas muchachas salen discretamente a decirnos. Ellas saben que eso es malo, que ahí la Policía sí te echa el ojo”.

El consumo y/o el expendio de psicoactivos en el interior de los restaurantes es vox populi. El Gobierno capitalino reconoció la presencia de “traficantes que buscan el lugar potencial donde está el consumidor”. No obstante, para los bares, escándalos como ese no han dado al traste con la suspensión, sino con lo contrario.

En una reciente sesión de la Asamblea Nacional, Marino Murillo, el rostro más visible de las actuales reformas económicas, anunció una disposición que incluye la nueva licencia para operar bares, “hasta hoy camuflada bajo las licencias de actividades gastronómicas”, dijo.

Con reguetón de fondo y una luz tenue se acerca a Claudia una joven. Tras las presentaciones, sin demasiada escala, le pide el fino nylon que envuelve la caja mentolada. Lo necesita urgente para triturar, con el canto de su iPhone, un puñado de pastillas y esnifarlas.

Tomado de Diario de Cuba/Yoe Suárez