Si bien es cierto que, en Cuba, un gran número de personas (se dice extraoficialmente que alrededor del 50 % de la población), reciben remesas del extranjero a pesar de haberse visto afectados antes de las sanciones impuestas por el ex presidente Donald Trump, que llevaron al cierre de las oficinas de Western Union en la isla, otra parte importante de los cubanos no recibe ningún tipo de ayuda.
Este segmento de la población que no recibe beneficios por esta vía, ha quedado en total indefensión ante la decisión del Gobierno de recuperar la economía nacional a costa de una moneda extranjera, un tema que ha dado mucho de qué hablar en los últimos meses y aunque las propias autoridades han reconocido que la situación no es justa, pero tampoco han dado pasos en dirección opuesta; todo lo contrario.
Con la implementación de la “Tarea Ordenamiento”, se esperaba que los más desprotegidos se beneficiaran con la decisión del Gobierno de aumentar el salario y con el ello el poder adquisitivo para ayudarlos a evadir la crisis económica que el país venía enfrentando, sin embargo, la realidad fue completamente contraria a las expectativas: la inflación creciente redujo su poder de compra, y una vez más terminaron truncados los sueños de ahorros y proyectos de vida.

El gobierno aspiraba que, con un salario mínimo de 2500 pesos cubanos, los trabajadores ingresaran un promedio de unos 100 dólares mensuales en sus hogares, al cambio oficial de uno por 24. Tristemente la realidad ha sido otra pues con el corte de remesas y las condiciones actuales por la pandemia han llevado al dólar hasta los 65 pesos en el mercado informal; por lo que trajo consigo el aumento de los precios hasta tres veces que los que tenían hasta finales del 2020.Esto sin contar con queos productos y servicios que antes eran subsidiados por el Estado han dejado de serlo, y una persona necesita unos 1500 pesos para poder comprar la canasta básica de productos y servicios.
Una gran parte de la población no puede ahora mismo costear esos precios, y se han visto obligados a hacer colas kilométricas, con la consecuente pérdida de tiempo en sus vidas, para llevar algo de comida a sus mesas. Otros se han reducido a abandonar el país y una ola de migrantes dejan el país en buscar de un futuro incierto.
Por otro lado, están los que siguen recibiendo remesas. Esos continúan viviendo con un menor nivel de estrés, teniendo en cuenta que al menos tienen la garantía de poder comprar en unas tiendas medianamente abastecidas.
Lo más triste, es que no estamos hablando de competir para adquirir ropa o efectos electrodomésticos, sino de algo tan importante como alimentos vitales, a los que no pueden acceder los que no cuentan con MLC, y sus opciones se reducen a las largas y extensas colas en los mercados en moneda nacional.
