EL PRECIO DEL TRANSPORTE PÚBLICO, UN PEQUEÑO NEGOCIO PARA JUBILADOS

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«Cambia tu menudo para la guagua. Conmigo pierdes 20 centavos pero haces dos viajes por un peso», pregona Mario Ángel, un jubilado de 72 años, en los portales de avenida Reina y calle Amistad, un punto de embarque donde convergen varias rutas de los Ómnibus Metropolitanos conocidos comúnmente como los «P».

Su negocio clandestino le ahorra a cualquier trabajador unos 24 pesos cada mes, en un país donde el salario promedio no sobrepasa los 750 pesos mensuales. Ofrece cambiar un peso cubano por 80 centavos en monedas. Su ganancia es de 20 centavos.

El costo que establece el Estado cubano para este transporte es de 40 centavos. Pero es común que los conductores afirmen no tener «vuelto» y los pasajeros pierdan el peso completo si no llevan el dinero exacto.

«Es una imposición que lleva años afectando el bolsillo obrero», se queja Miguel Alfredo Tápanes, un albañil que tiene la esperanza de que la Resolución 54/2018, sobre «protección al consumidor», alcance a la Dirección Provincial de Transporte en La Habana y la obligue a actuar al respecto.

Aprobada por el Ministerio de Comercio Interior (MINCIN), la Resolución 54, que entró en vigor el pasado viernes 1 de junio, estipula que los clientes deben recibir mercancías y prestaciones con calidad y tener garantizada la protección de sus «intereses económicos».

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Tomada de Internet

Mientras entrega cinco pesos a Hilario, otro anciano que también se dedica al cambio clandestino de pesos por centavos en las inmediaciones de G y 27, Esther Bermúdez se pregunta «si los pasajeros serán clasificados como clientes».

Hacia finales del año 2014, la Dirección Provincial de Transporte anunció un nuevo sistema de gestión empresarial de transporte urbano.

En los anuncios se informaba al público que la tripulación del ómnibus «está autorizada a manipular el efectivo de la recaudación durante el proceso de pago del pasaje y no es obligatorio el uso de la alcancía para la custodia del mismo, ni fraccionar importes para la devolución (…) el precio se mantiene en 40 centavos».

Para la economista Luz María Sánchez, «como no fue obligatorio que la tripulación fraccionase importes para devolver al pasajero, el costo de este transporte terminó siendo de un peso, con la consecuente afectación al bolsillo de los trabajadores, algo que no previó el Ministerio de Transporte».

Pero, más bien, el sistema parece una autorización tácita a la tripulación del ómnibus para conseguir ingresos.

Un trabajador, en sus 24 días laborables, debe como promedio realizar dos viajes diarios, que a razón de 40 centavos supondrían un gasto de 19.20 pesos. Pero pagando un peso por cada viaje, su inversión mensual en transporte ascendería a 48 pesos.

«Con nosotros la gente se ahorra un mundo, pierden 20 centavos en cada peso que cambian, pero pueden hacer dos viajes con un solo peso», señala Onelio, de 69 años de edad, que tiene su negocio de transacción clandestina en las inmediaciones del paradero de La Lisa.

Cajera de un Banco Metropolitano, Gladys apunta que esos 20 centavos que ganan Onelio y otros jubilados son el precio de no perder tiempo haciendo la cola del banco.

«Quienes más cambian aquí son los retirados. Tienen más tiempo para hacer la cola y es a quienes más le afectan los 28.80 pesos de diferencia que hay entre pagar la guagua a 40 centavos que a un peso, suponiendo que hagan dos viajes diarios», dice la cajera.

Si la Resolución 54 implicara un acuerdo con el Banco Metropolitano, para facilitar las transacciones de pesos a centavos, los afectados serían los trabajadores de Ómnibus Metropolitanos, calcula Papito, chofer de la ruta P-10, quien dice alegrarse de que los «viejitos cambiamenudo» no proliferan muchos.

La cantidad a entregar, impuesta por el Estado a los choferes según la ruta y el horario, oscila entre los 500 y los 800 pesos. El salario, dice Papito, prácticamente depende de que los pasajeros abonen el peso y no los 40 centavos.

«Aunque la empresa corre con el combustible y la reparación de los carros, la ganancia nuestra siempre es menor que el dolor de cabeza que coges lidiando con los pasajeros».

«Aunque la gente no lo crea, no alcanza para darnos lujos», concluye.

Con información de DC