La partida

Morfeo no llegó. La noche se esfumó en mis pensamientos. Mucho se deja atrás. Desde el sublime banco de un parque donde cupido te flechó hasta el cotidiano camino a la panadería. El desayuno en la mesa era plétorico, mi apetito frugal solo aceptó un sorbo de café con leche. Mi madre acarició mi cabeza, hacía mucho que no sentía esa caricia especial que solo saben dar las progenitoras, sus ojos estaban rojos de llorar, ese llanto callado y sincero de el incógnito miedo de no ver más a un ser amado.

El trayecto al aereopuerto fue una tortura. Mis ojos se despedían del barrio donde crecí, del terreno donde jugué, de cada rostro conocido ó desconocido que hacen ese collage humano que es mi ciudad.

Despedida Cuba

La hora cero había llegado, cada abrazo de mi corta y singular familia me llenaba el corazón de paz y amargura. Mi amigo, más que amigo un hermano me alentó con dos lágrimas de viva tristeza; la última, mi vieja.

Ningún ser humano soporta ver a ese ser adorado llamado madre llorar tan profundamente, «Cuídate mucho pipo» sus palabras recorrieron mí espíritu como bendición divina. En la cabina de chequeo ya habían afirmado que todo estaba en regla, respiré profundo, volví la cabeza atrás y con toda mi energía esbocé la sonrisa que le gustaba a todos, les aseguré que todo iba a estar bien, entré a la sala de espera con el alma hecha pedazos.

La diáspora es un cuchillo que se clava y hace una herida que nunca cicatriza.

Autor: Erik Fernandez Betancourt

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